—Querían hablar con nosotros. Pues bien, aquí estoy.
—Traigo un mensaje de Esperanza.
—¿Cuál es el mensaje?
—Lo traigo tatuado.
—¿Es en serio? Y yo antes pensaba que nosotros éramos los raros
—⁠exclamó Carmina socarronamente—. Entonces… ¿me vas a leer lo que traes tatuado?
—Nosotros no sabemos leer.
—Cierto, ¿dónde podrían haber aprendido?
El beato se quitó la camisa dejando al descubierto su delgada
anatomía, que era todavía la de un niño. Su cuerpo estaba cubierto tanto de tatuajes como de mensajes.
—Vaya. Así que eres el mensajero oficial —observó Carmina,
divertida⁠—. Te estás quedando sin espacio.
—No importa. Nosotros vivimos poco —informó el chico.
—¿Cuál de todos esos mensajes es el nuestro?
El chico señaló un lugar debajo de su clavícula izquierda.
Carmina leyó el mensaje con detenimiento, frunciendo intensamente el ceño al terminar.
Se le quedó viendo al beato con mucha seriedad.
—¿Quién te envió realmente?

(Hiperbóreas I: La condena, Prólogo)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Cuando Ateneo Job salió temprano esa mañana, la extraña rueda que definiría su destino ya había comenzado a girar. Él mismo creyó intuirlo al despertar, un poco a la manera de esos sueños que dejan en nosotros una sensación a la vez intensa e inaprehensible, algo así como el pálido reflejo de una revelación fundamental o una secreta verdad que, sin embargo, una vez despiertos ya no alcanzamos a captar más que de manera muy difusa, cual desfigurado cadáver de una realidad otrora plena, quedando entonces relegada esa profunda verdad a la esfera de lo inconfesable, de lo no expresable en pensamientos o palabras coherentes.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 1)
Como cada día, caminó sobre la calle de Hamburgo hacia el cruce con Praga. De pronto, se escuchó un grito agudo, casi un aullido. El desgarrador e inesperado chillido hundió una especie de poderosa tenaza en la carne y en la mente de Ateneo. Tras esa dolorosa pero fugaz punzada, una inquietud indefinible se apoderó de él. Apuró el paso. En ese instante, tuvo una clara sensación de déjà vu, como si ya hubiera escuchado antes ese mismo grito y ya hubiera apurado el paso hacia el mismo cruce. Y entonces supo con certeza lo que vería al llegar a la esquina.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 1)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Podría uno incluso imaginar -pensó- una sociedad entera basada en la limpidez del culo, en la idea hegemónica de la pulcritud trasera. Una sociedad de personas cuyo principal propósito en la vida sería tener el culo lo más limpio posible. A ello consagrarían sus más esmerados afanes, y a ello responderían asimismo los anhelos más hondos de su corazón. La pureza del culo, concebida como fuente de toda virtud, ocuparía la vida mental de todos. Toda la actividad social giraría en torno de la sublime gloria de tener un culo impecablemente aseado. Las mujeres morirían por hombres de culo excepcionalmente limpio, que ocuparían los escaños más prestigiosos de la sociedad. Los hombres buscarían a su vez mujeres de culo intachable y de preferencia recatado, pero en cualquier caso delicadamente cuidado. Los candidatos presidenciales de todos los países presumirían un culo más acicalado que el de sus rivales, ganando así simpatizantes y votos para su causa.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 1)
La amplitud y belleza del Paseo de la Reforma inundaba siempre sus sentidos con colores y sensaciones enormemente placenteros. El sol, tan resplandeciente como jubiloso, lo acarició con delicadeza mientras caminaba. Los altos y hermosos árboles, las largas bancas de piedra, las estatuas, los camellones y jardineras, los rascacielos emblemáticos coronando la escena cual majestuoso telón de fondo, todo se conjugaba en un maravilloso mosaico multicolor. En octubre y noviembre las jardineras centrales eran engalanadas con el amarillo intenso (casi naranja) del cempasúchitl. Ya pronto llegaría la primavera, y entonces aparecerían las coquetas jacarandas flanqueando la gran avenida.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 1)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Ateneo llegó de noche para dormir allí por primera vez. Visto de frente desde el hermoso parque rebosante de altos árboles oscuros, el edificio extendía sus dos alas como un cuervo al acecho, en medio de las cuales el torreón principal se elevaba con su techo en pico, semejante al sombrero de una bruja. Era sin duda un inmueble imponente.
—Buenas noches. Soy Ateneo Job, el nuevo inquilino.
—Bienvenido —le contestó por el interfon una voz ronca, que pertenecía a un tipo muy alto y circunspecto, de tez morena y notorias ojeras.
—Esta es la llave de este portón, y esta otra, la de su departamento —añadió cavernosamente tras dejarlo entrar, como si recién se hubiera despertado de un sueño pesado.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 2)
—Está muerto —decía un hombre de bata blanca a otro. Y levantaba la sábana para que pudiera verlo.
Ateneo gritaba horrorizado al ver el rostro completamente desfigurado del cadáver.
—¡Papá!, ¿qué está pasando? —exclamaba muy asustado.
—Levántate Ateneo.
Él volteaba hacia arriba. Su padre lo observaba con gesto sereno y cariñoso, tendiéndole la mano.
—Toma mi mano. No te preocupes, todo va a estar bien. Confía en mí.
(Hiperbóreas I: la condena, Capítulo 2)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
—Ayúdame —susurró con voz desgarrada y trémula.
—¿Estás en problemas? ¿Cómo puedo ayudarte?
—No sabes lo que es vivir así. Es un infierno. Una pesadilla. Ya no puedo seguir.
—Dime lo que te pasa.
—Van a venir.
—¿Quiénes van a venir?
—Ellos. Van a venir por él. El Expediente F509. Vienen por él. Lo quieren a él.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 2)
Todos los muebles eran elegantes pero muy modernos, y se notaba la mano de un decorador de interiores dada la armonía con que los distintos elementos se coordinaban, como una sinfonía visual en que cada nota aportaba una tonalidad idónea, resultando en un deleite para los ojos. Todo parecía nuevo, vibrante, como recién nacido. En marzo oscurecía temprano en la Ciudad de México; en ese momento un hermoso e impactante sol rojo, casi irreal, inundaba el recinto con una extraña luz a la vez cálida, misteriosa e invitante. El crepúsculo se derramaba a través de los extensos ventanales de piso a techo, los últimos rayos del día cruzando los cristales y proyectándose para difundir su fulgor trémulo, vivo, palpitante, pues reflejaban el movimiento del agua de una fuente colocada junto a una pared, movimiento semejante al dinamismo hipnótico del fuego en una chimenea. Debido a este reflejo, el agua parecía fluir por el techo. Al relajante murmullo del agua de la fuente se añadía la suave música chill out que parecía no provenir de ningún lado en particular, solo flotaba, flotaba y se expandía alcanzando cada rincón del recinto. Una agradable lasitud se adueñó de Ateneo, que se dejó llevar por la atmósfera crecientemente tenue, blanda, casi onírica que lo circundaba. Se sintió transportado por la ligereza de una especie de embriagadora ensoñación bienaventurada. Lejos se encontraba ya la ominosa angustia con la que había comenzado su día.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 2)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Se terminó su whisky y, con la conciencia de estar a punto de realizar un acto seminal que podría operar una auténtica revolución en su vida (cual si cruzase un umbral prohibido susceptible de desencadenar una vorágine incontrolable), se dirigió al departamento.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 2)
Ateneo se dirigió hacia el edificio Río de Janeiro, pero tuvo la clara sensación de que alguien lo observaba. Se detuvo en seco. Miró en torno suyo. La noche había caído. Las sombras de los altos árboles se mecían sobre las baldosas, dando al parque un aspecto móvil, impreciso y nebuloso, de contornos borrosos. Ateneo creyó ver que algo se movía entre unos arbustos,
junto a un árbol. Caminó con paso lento y pesado hacia el árbol, casi arrastrando los pies.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó, mirando con fijeza las sombras de las ramas que meneaban sus hojas en la oscuridad. Se acercó cautelosamente al árbol. Presintió que había alguien escondido detrás del ancho y macizo tronco. Una ráfaga de viento fresco le alborotó un poco el cabello⁠—. ¿Quién eres? —dijo.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 3)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
Victoria lo miraba boquiabierta con sus grandes ojos color miel.
—¿Qué tiene? —preguntó Ateneo sosteniendo el reloj de arena en su mano derecha.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 3)
—¿De dónde eres Harold?
—De Honduras señor.
—Ya veo. ¿Y adónde vas?
—A ver a mis papás. Me encargaron que cuidara a Wilmer, mi hermanito.
Ateneo volteó a un lado y a otro, pero no vio a nadie más en el camión.
—¿Y dónde está Wilmer?
Harold dio una palmadita a su mochila.
—Aquí, señor
—¿Allí qué?
—Aquí está mi hermanito señor.
Ateneo sonrió. Luego se puso serio.
—¿Cómo que ahí está tu hermanito?
Harold asintió con la cabeza. Después abrió lentamente el cierre de su mochila roja. Adentro había una masa informe. Ateneo alcanzó a ver lo que parecían cabellos ensortijados. Ensangrentados. Dio un salto, asustado.
(Hiperbóreas I: La condena, Capítulo 3)
Fragmento de la portada de Hiperbóreas primera parte
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